UNIDAD 1. LAS CIUDADES Y EL CAMBIO CULTURAL

1.1. Globalización, ciudades y gobernanza local.

La globalización, la transformación de los modelos productivos y el nuevo entorno tecnológico y digital han dado lugar a un nuevo contexto económico y social. Ya sea utilizando términos como sociedad post-industrial, sociedad de la información u otros más nuevos como economía de la experiencia o cuarta revolución industrial, lo cierto es que se trata de un cambio de época.

Una globalización que se caracteriza por un crecimiento acelerado de la urbanización. Los grandes núcleos urbanos continuarán creciendo y recibiendo población en las próximas décadas. Entre 2000 y 2050, al menos 3.000 millones de personas se instalarán en las ciudades de todo el planeta.

En este escenario de globalización y crecimiento urbano, un activo emergente son las nuevas formas de gobernanza que surgen como reacción a la amenaza de fragmentación, con el objetivo de construir la ciudad desde un punto de vista más participativo y crear estrategias de futuro consensuadas. En este escenario, las personas son el principal activo de las metrópolis, al cual hay que poner en valor y potenciar para alcanzar los objetivos de ciudad innovadora, inclusiva y sostenible.

 

1.2. Crisis, indiferencia y ética.

Para llevar a cabo políticas públicas locales de empoderamiento ciudadano se tiene que hacer frente a la cultura de la indiferencia e impulsar la práctica ética. La indiferencia hacia el bien común es un defecto tanto de la política como de la sociedad civil. La formación que tenemos está basada en un tipo de economía que fomenta el egoísmo, la competitividad y los beneficios materiales, ello hace personas muy individualistas que ponen por delante el interés privado, el interés corporativo. Ese interés privado elimina casi totalmente el bien común, que en política y en las relaciones sociales es absolutamente fundamental. En todos los países, vemos una distancia cada vez mayor de los ciudadanos con el sistema y las élites políticas. Esta desconfianza, que deslegitima las instituciones y la democracia, es la verdadera amenaza. Sin la iniciativa de los ciudadanos esta crisis no puede superarse.

En relación a la práctica ética, tal como expresa Victoria Camps, “tenemos más principios éticos de los que somos capaces de cumplir. Lo que nos falta es voluntad y valentía para actuar en consecuencia con lo que decimos que creemos. Por eso –afirma- yo abogo por la ética de las virtudes, porque pienso que el problema está en las personas, no en la falta de discurso.”

 

1.3. Gestionar el empoderamiento ciudadano

Hoy la crisis ya no solo es económica, sino también política, institucional, social, moral y democrática. Vivimos efectivamente en una situación de crisis, en una situación por tanto de intemperie, de incertidumbre y de inseguridad. Una crisis que según Josep Ramoneda “tiene en muy buena parte un origen cultural”, según sus palabras “casi de psicopatología colectiva”.

La “crisis global” es también una oportunidad para dejar atrás viejas estructuras y aprender a construir otras nuevas, repensando el papel de los gobiernos locales no solo como administradores sino también como líderes. Un sector público local que ha de ser consciente del reto que tiene por delante y capaz de desplegar las capacidades que le permitan asumir el rol de liderazgo en el proceso, con el objetivo de construir la ciudad desde un punto de vista más participativo y crear estrategias de futuro consensuadas. Un reto que tiene que impulsarse desde las ciudades, ya que como decía Zygmunt Bauman “la ciudad se ha convertido en el contenedor de todos los problemas del mundo”.

En esa línea, un activo emergente son las nuevas formas de gobernanza que surgen como reacción a la amenaza de fragmentación. Muchos de los elementos que permitirán el cambio ya están (TIC, redes sociales, aumento de la participación ciudadana) y contribuirán decisivamente a facilitar la transición desde los modelos de gobernación burocrática y gerencial a los relacionales, que buscan construir la ciudad desde el diálogo y el consenso.

Una nueva gobernanza local que juega un papel fundamental en los procesos de cohesión social. La tendencia a que la ciudad se convierta en un espacio cada vez más fragmentado –socialmente, económicamente y espacialmente- es un riesgo que pone de manifiesto fallos en la gobernanza.  Más concretamente, déficits en los mecanismos de conexión, dialogo y creación de consensos entre los diferentes agentes urbanos. La gobernanza entendida como la capacidad para afrontar problemas comunes más allá de los ámbitos del gobierno político y como sistema de confianza y adaptación conjunta entre los diferentes actores urbanos es clave para abordar la cohesión social.

Ahora bien, la única manera de solucionar esta nueva cara de esa crisis global es responder a las demandas ciudadanas, sobre la base del empoderamiento de los ciudadanos como eje transversal de las políticas públicas locales. Impulsar y construir ese empoderamiento es gestionar el cambio cultural en las ciudades. Todo ello sin olvidar la creciente importancia y centralidad de la dimensión simbólica en la ordenación de las relaciones sociales y económicas.

¿Cómo se impulsa el empoderamiento ciudadano? ¿Qué políticas públicas locales son necesarias para su desarrollo? Las respuestas a estas preguntas son complejas, pero sí que tenemos algunas certidumbres de partida para diseñar estrategias e implementar proyectos. Por un lado, según Daniel Innerarity, la política sólo tiene efecto transformador si cuenta con la complicidad de esa misma sociedad que quiere cambiar, eso implica crear mecanismos y procedimientos para la resolución de las diferencias con un final indeterminado e incierto y que permitan a los diversos agentes sentirse implicados en la definición de las reglas. Por otro lado, como expresa Joan Subirats sobre la economía colaborativa “sí que es importante en momentos como los actuales de ebullición y riqueza de iniciativas, poder discutir de costes y beneficios, poder pensar políticas en un sentido u en otro, y no quedar atrapados por lógicas que aparentemente — solo aparentemente— nadie puede controlar”.

El conjunto de todos estos cambios tiene un impacto decisivo también para los gobiernos locales, a los cuales plantea un reto de primera magnitud en la medida que inciden en la forma de prestar y, por tanto, de gestionar los servicios públicos. Exige, además, una mayor transparencia y colaboración con los ciudadanos. Por ello, la innovación pública local tiene mucho que ver con la capacidad de las administraciones para cocrear soluciones con los ciudadanos, ya que la innovación se alimenta de la capacidad de tenerlos en cuenta en el proceso de establecimiento de nuevas propuestas de valor. Por tanto, resulta razonable suponer que nos encontramos en los albores de un cambio de paradigma en la naturaleza y el papel de las administraciones públicas locales.

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